Autor: Javier Ameneiro Báez (J.A.B)
El llamado específico de Cristo encierra un fundamento. Es posible articular que se es iglesia de Dios siendo muertos en lo espiritual. Como no todos los que se nombraban vivos en la iglesia de Sardis, lo estaban en realidad, la apariencia profesa vida pero solo la verdad llega a confesarla. Quienes son iglesia de Cristo recuerdan lo que han recibido y oído, guardándolo y velando en ello. Sólo unas pocas personas en Sardis confesaban según el fundamento de la iglesia, el resto, que era mayoría, sólo se auto declaraba iglesia (Apc.3:1-4). Siempre que la iglesia es mirada superficialmente, de inmediato el hombre suele cuestionar la palabra de Dios. Pero así como no todos los que descienden de Israel son israelitas, porque la condición de hijo no es según un linaje de carne, sino mediante una promesa espiritual; no todos los que se consideran la iglesia de Jehová tienen el honor de serlo, pues no se trata de una mera presencia entre creyentes, sino de perseverar anclados en el fundamento; lo que demuestra que no hay fallo alguno en la palabra de Dios (Rom.9:6-8). Son los hijos de la promesa, los que son contados como todo el Israel de Dios, y no toda la nación de Israel, tal y como son los hijos de la promesa, los que son contados como la iglesia de Dios, y no todo aquel que le llame Señor, señor. Declarar en nombre de Dios nos hace profesantes, sin embargo, sujetarse a sus enseñanzas, asumiéndolas por encima de nuestras maneras, nos convierte en labios que van más allá de una expresión, que confiesan la base sobre la que se encuentran. Muchos de los que decían ser iglesia saldrán de en medio de ella, para que se manifieste que no todos lo son (1Jn.2:19). La apariencia manifestada fuera del cimiento de la verdadera iglesia no es un fruto eficaz de la doctrina de Cristo. En ovaciones confundimos el brote de la semilla con el fruto que debería dar, pero no todas las acciones de piedad responden a los frutos de la iglesia. El hombre es capaz de mantener una imagen de piedad y en su interior negarla, resistiendo al fundamento de Dios, y siendo réprobos en cuanto a la Fe, en busca de sus propias ganancias (1Tim.6:3-5; 2Tim.3:1-8). Entre los que se decían iglesia hay personas que recibieron la palabra pero que no tienen profundidad, ni raíz en el fundamento, como la semilla que cayó en pedregales; estos brotaron, en lo visible están vivos, pero solo en lo superficial, y ya sea a corto o largo plazo acabarán secándose (Mrc.4:5-6, 16-17).
Mientras algunos no testifican que son en específico la iglesia de Dios, otros que lo profesan con reiteración, y que serán conocidos por ser iglesia poderosa y avivada en el Espíritu, llena de acciones evaluadas como buenas delante de los hombres, escucharán de parte del Señor: Nunca os conocí, apartados de mí hacedores de maldad (Mt.7:21-23). Ni profetizar en nombre de Cristo, ni echar fuera demonios, ni hacer muchos milagros, son señales de un fundamento en Dios. Como tampoco lo es la oración, el ayuno, o cualquier demostración de fe, porque estas acciones pueden practicarse sin llevar una vida que confiese la sujeción incondicional a la palabra de Dios. Es posible creer en Dios, desear la salvación, conocer las escrituras y orar, sin estar sobre el fundamento, sino inmerso en una religión que utiliza su nombre; y es imposible tener su fundamento sin creer, desear y amar la escritura de su reino. La Fe solo se escribe con mayúscula cuando parte del fundamento de Dios, así como la oración y toda práctica de piedad solo es provechosa permaneciendo en Él, mientras no pasa de ser una fe basada en ideas personales, donde el celo de Dios no es conforme a la ciencia de su fundamento, terminando por ignorar la justicia divina, sin estarle totalmente sujetos al procurar establecer nuevas bases, con una oración y un camino que insiste en el parecer individual.
Jesús enseña dos ejemplos de hombres, uno prudente que edificó su casa sobre la roca, y otro insensato, que lo hizo sobre la arena (Mt.7:20-27)\Mas adelante hablaremos del fundamento de ambas casas\, de momento, enfocáremos la atención al hecho de que tanto el prudente como el insensato construyeron su morada, y es que no fue hasta que defendió la lluvia, y vinieron ríos, soplaron vientos, y golpearon con ímpetu en la estructura, que una de ellas se desplomó, siendo grande su ruina. Ambas casas fueron levantadas, estuvieron en pie por igual, no había como distinguir cual pertenecía al insensato; y el tiempo en que pasaría el temporal podía ser tardío. Quizás el cimiento del insensato se manifieste con prontitud, pero también puede que su estructura dure por un indefinido tiempo, incluso sin que él mismo sepa de su insensatez, pensando estar firme, cuidando cada pedazo de lo que levantó, hasta que llegada la hora descubra que bajo su castillo solo había arena, y que perdió su vida en una obra que nunca tubo seguridad eterna. Lo cierto es que la iglesia del Señor está apostando más por el impacto emocional, las experiencias individuales, la búsqueda de lo sobrenatural y el sensacionalismo, que por atesorar la voz de Dios. Es mayor el empeño de mostrar poder, que de presentar la palabra de poder, esa que sin artificios ni grandes campañas, sin gritos, ni melodías de fondo, logra penetrar a lo más profundo y nunca vuelve vacía, sino que hace conforme al querer del Altísimo, y es prosperada en aquello para lo que se envía (He.4:12-13; Is.55:11). No todo el poder manifestado en la llamada iglesia de Dios cuenta con el respaldo agradable del Señor, y aunque las señales realizadas den testimonio de Él, si la revelación de su palabra no es el fundamento, lo demás debe ser absolutamente rechazado. ¿Ha rechazado la iglesia eso que no se encuentra en su fundamento? A través de la historia mas bien ha ido incorporando otros fundamentos, cargándose a si misma de lo innecesario y contradiciendo la revelación del Padre; lo que un día fue una invención, pasó a ser una costumbre, para luego convertirse en la tradición por la que gime de necesidad.
Lo que el hombre diga sobre el Hijo del hombre, y del conocimiento de Dios, no hace el fundamento de la iglesia, son solo opiniones que se amplían según la visión de cada quien. Un alto por ciento de los grupos que se nombran la iglesia del Señor, se basan en criterios terrenales, donde todo pensamiento concebido por el hombre para describir a Dios, va creando la armazón que les sostiene. Esto permite que cualquier idea tenga el derecho de ser acogida, porque sería una mirada diferente al mismo Dios y no la exposición de algún Dios diferente. Entonces, todo aquello que se dijera, formaría parte de la imagen de Dios, y los modos para acercarse a Él serían infinitos y siempre aceptados ante su trono.
Quizás la iglesia de Cristo no tenga como problema principal lo que la humanidad pueda decir sobre Jesús, sin embargo en varias ideas existen cierta similitud de entendimiento. Unos decían que Jesús era Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Pero ninguna de estas declaraciones hablaba de la personalidad total del maestro. Es entonces que les correspondería el turno a los discípulos, quienes andaban a su lado.
Ser discípulos de Cristo no impide que nuestra mirada hacía Él sea empañada por criterios propios. Si Jesús le preguntara hoy a su iglesia: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Las respuestas también variarían, entre dichos con el sello de la mente humana, y los dichos con el sello del Espíritu Santo; seguramente no todos los discípulos se pondrían de acuerdo sino que cada uno realizaría su valoración. La revelación del único Cristo ha sido transformada por cientos de interpretaciones privadas, dando lugar a denominaciones que citando el mismo nombre de Cristo se oponen entre sí, con doctrinas diversas, mientras la revelación del Padre es anulada en sus conversaciones. Muchos hombres de Fe sincera, como hombres de una fe fingida, proyectan a un Cristo que para nada es el revelado, a veces en su totalidad, y otras en varios aspectos de su carácter, destacando o ignorando áreas determinadas. La iglesia de hoy dice que Jesús es el Cristo, pero cada grupo moldea su propio Cristo, diciendo palabras nacidas de una auto interpretación, en vez de la interpretación revelada en la palabra.
De los doce apóstoles solo respondió Simón, y su declaración era directamente la revelación de Dios. Que bueno sería si cada vez que uno de sus discípulos hablara lo hiciera con las palabras reveladas en la escritura, y que los demás quedaran en silencio, para que la iglesia sostenga la bienaventuranza que implica el fundamento, y no provoque el vituperio a Dios. (1Tim.6:19) Antes de hablar vasados en interpretaciones personales, es mejor hacer silencio. Algunos consideran que la declaración de Simón fue el resultado de un acuerdo de todos los discípulos, que aquellas palabras eran las del resto, y los demás decidieron que Simón los representara, o que el propio Simón por su temperamento de inmediatez se adelantó a responder. Sin embargo, estas observaciones pasan por alto que la bienaventuranza de Jesús, en ese entonces no fue colectiva, solo es dada a Simón, y hay un por qué bien marcado, la revelación de lo dicho por Simón no venía de carne ni sangre, sino del Padre que está en los cielos. Simón no aprendió lo revelado a través de deducciones o del intelecto de grandes sabios, razón por la cual, cada letra pronunciada era el claro reflejo de su maestro, la exactitud misma del carácter divino. Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente, confirmaba que no había que esperar a otro, que Jesús era el mesías prometido. Tal acierto llevaba el poder de lo revelado, poder del que carecen muchos discípulos de Cristo, quienes hablan más de lo que les fue enseñado, que de lo que Dios a revelado. ¿Qué dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?, generaliza lo popular; ¿quién decís que soy yo?, señala lo particular; y la revelación del Padre, concluye lo específico.
Alguien comentó en una ocasión, que la iglesia a veces le parecía extinguida, porque la obra del Espíritu de Dios era imperceptible y en su lugar se manifestaban absurdos; y que la iglesia descrita en los Hechos no podía ser esa que contemplaba cada día. Es cierto que la iglesia de Dios puede parecer muerta, absurda, y bien distinta a la primitiva, pero en ninguna manera se ha extinguido, ni ha dejado de ser; la obra del Espíritu continúa como antes, pero donde la revelación divina no es el fundamento único, las manifestaciones espirituales del Santo serán imperceptibles.
No puede un ser creado convertirse en el cimiento de la verdad, Jesús toma el nombre de Simón y lo cambia por Pedro, para aplicar sobre este nuevo nombre aquella revelación manifiesta. El sentido del juego de palabras usado por Cristo está en función de lo confesado por Simón, en la buena profesión basada en lo revelado; Pedro no fue autor de lo que decía, fue un expositor de lo dicho por Dios; llamarle piedra, o trozo de roca, debido a su respuesta, era dejar su antigua persona con sus posibles razonamientos; la identidad de Simón era quitada, y por la revelación, en adelante sería conocido como Pedro. La identidad de quienes siguen a Jesús debe ser sustituida por la bienaventuranza de la revelación, todo lo que implica nuestro yo, por las palabras del Padre, para que no predomine nuestra sabiduría e inconstancia y sea establecida en nuestra persona la instrucción sólida y firme de lo alto.
El fundamento que los apóstoles llevaron y colocaron en cada obra de edificación espiritual, ya tenía su esencia, por siempre había sido establecido, y no en alguna criatura, sino en la existencia de Dios, en aquel verbo que siendo Dios se hizo carne; de manera que ningún apóstol diseñó este cimiento, como tampoco ninguna criatura es su centro, sino que Dios puso a Jesucristo, y nadie puede poner un fundamento nuevo (1Cor.3:11)
Sobran las pruebas para afirmar que si el cimiento de la iglesia fuera el hombre o sus conceptos, hace mucho que habría desaparecido, si fuera Pedro la roca del cimiento, tal roca terminó negando tres veces su propia edificación. La escritura enseña que la cabeza de la iglesia es Cristo, no Pedro, que somos de Cristo, no de Pedro, y así como con Pedro están incluidos los demás. El propio Pedro cuando va ha ser venerado por el pueblo ante las señales de sanidad, aclaró que no pusieran los ojos en él, y enfatiza: ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida (Jua.6:68); pero hay más, si la revelación no fue dada por carne, ni sangre, ¿cómo entonces edificaría su iglesia sobre carne y sangre? El principio teológico recae todo el tiempo en la persona de Jesús, quien manda a sus discípulos que a nadie dijesen que Él era el Cristo (v.20). Exaltar a Pedro asumiendo que sus méritos fueron decisivos al punto de recibir en solitario las llaves del reino, es alabar efímeramente a una criatura más, porque en un pasaje paralelo, esa autoridad es compartida con todos los discípulos; tales llaves son dadas a cada uno de los apóstoles y no solo a Pedro (Mt.18:18), son entregadas a los edificados en la doctrina del evangelio, a quienes como mayordomos tendrán la responsabilidad de administrar los asuntos del reino, lo que la revelación permite o no permite, ata o desata. Es evidente que Pedro desarrolló un papel fundamental en los primeros años que precedieron a la ascensión de Cristo, pero su autoridad no le hacia superior, ni le colocaba al frente de la iglesia.
Ni Pablo, ni los otros, se atribuye el proyecto del fundamento divino, él más bien aclara que conforme a la gracia de Dios, como perito arquitecto puso el fundamento que le fue dado; en resumen, sin merecimiento alguno el Señor quiso otorgarle la revelación del fundamento de salvación, y el privilegio de ser un arquitecto para su gloria (1Cor.3:10). Cuando Pablo dice a los corintios que, en Cristo Jesús él los engendró por medio del evangelio, y que sean imitadores de su ejemplo, no se está colocando como el autor de la obra regeneradora de aquella iglesia, ni como una criatura perfecta e intachable, sino como un contribuyente de la obra divina; ellos, al igual que todos los creyentes, pueden tener muchos padres en el evangelio, ya sean padres iniciadores, como padres continuadores, pero con la paternidad del cielo como fundamento absoluto (1Cr.4:14-16).
Cristo no es un ser creado, es la personificación de lo revelado, y como toda la ley y los profetas dependen de dos mandamientos, el resumen de toda la revelación, de cada jota y tilde en la escritura, del primer y gran mandamiento, como del segundo, fue cumplido perfectamente en Jesús, aquella piedra puesta en Sion, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable, piedra viva y roca espiritual (Is.28:16; 1Cor.10:4; 1Pd.2:4).
















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