Autor: Javier Ameneiro Báez.
Lo que muestra la distinción entre los tipos de colectivos, es simplemente la particularidad del llamado, a partir del cual es posible hacer una clasificación. Por tanto, la identidad no se encuentra en la palabra iglesia, sino en ese llamado que la convoca.
El Señor Jesús no conformó una dicción aparte de la ya conocida en el griego secular para nombrar a los suyos, ni convirtió la palabra iglesia en un lenguaje puramente cristiano, lo que hizo fue escoger a un pueblo, apartándolo para sí, separándolo del resto con un llamado inigualable. En estructura sería un conjunto más, la estructura de otra iglesia, así como Israel era una nación al igual que tantas, pero, antes de abrir su boca para citarla, hace una aclaración perpetúa de estabilidad en vida plena, de la misma manera que se le dió promesa a la descendencia espiritual en Israel. En las palabras del maestro, enfatizamos grandemente la expresión “iglesia”, y no el enunciado completo de “mi iglesia”, que aunque podría parecer una añadidura insignificante, es quien le da dirección al texto. En un resumen breve, establece al dueño absoluto de esa iglesia, además de exponerla en número singular, haciéndola única y especial, pues ninguna otra sería suya. La consigna de personalizar a la iglesia de Dios solo se aplica a la persona de Jesús, no encontraremos a otro que se refiera a ella en ese modo; ” mi iglesia”, nunca fue pronunciado por los discípulos de Cristo, ni por sus apóstoles, quienes en sus redacciones enfatizaban a la iglesia del Señor, de Cristo y de Dios, destacando así en la deidad que se sustenta, al Señor y Padre, y al Señor Hijo, el Dios viviente (Hch.20:28; Ro.16:16; Ef.3:21; 1Co.1:2, 10:32, 11:16, 22, 15:9; 2Co.1:1, 1:13; 1Ts.1:1, 2:14; 2Ts.1:1, 1:4; 1Tm.3:5, 15). Hoy, los creyentes se enorgullecen de proclamar que la iglesia es suya, en su ignorancia lo han repetido tanto que se ha vuelto parte de su certeza, unos porque concluyen que si pertenecen a la iglesia esta a su vez les pertenece, desviándose del rol que les corresponde desempeñar; y otros, que por tratar de imponer autoridad asumen un protagonismo ridículo en nombre de Dios. Ya sean apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, según su vigencia en el curso del evangelio, han sido constituidos por el Señor, y no auto constituidos por deseos propios (Ef.4:11); con el fin de perfeccionar a los santos, y no de gobernar sobre ellos, porque ningún don del cielo nos impulsa a ser señores del reino, y nunca un hombre podrá señorear en la iglesia de Cristo. Los apóstoles de la iglesia no llevaban un mensaje nacido de su ser, sino que eran enviados para anunciar el mensaje que se les entregaba, sin añadirle ni restarle, no debían olvidar que eran tan receptores de Dios como los que más tarde le escucharían a ellos, lo mismo ocurría en los demás casos, los profetas debían sujetarse a la revelación que recibían; los evangelistas ha pregonar las buenas nuevas que se les anunciaba; los pastores ha que apacentaran el rebaño que se les encargó, sin olvidar que también ellos eran ovejas pastoreadas por Dios; y los maestros ha enseñar la doctrina sana del más alto maestro. En la iglesia de Dios, ni el apóstol es dueño de su marcha, ni el profeta de la profecía, ni el evangelista del evangelio, ni el pastor de las ovejas, ni el maestro del discípulo, sino que todo responde al único propietario, Cristo el Señor, porque de Él viene el llamado, es por medio de Él que se hace el llamado, y solo para su entera gloria se realiza el llamado, siendo Él la llenura total, recogiendo Él la cosecha de su infinita gracia, a su rebaño, a sus discípulos, que llevarán su sello específico; incluyendo a los que ejercieron un verdadero ministerio, pues son subordinados de Cristo, el apóstol tiene en Él al dueño de ese apostolado, el profeta al amo de los profetas, el evangelista, al jefe de los evangelistas, el pastor, al príncipe de los pastores, y el maestro, al Señor de los maestros. Y así como cada vida en lo individual comparecerá ante el creador, estos obreros estarán ante el dueño de la viña, no serán ellos a los que el resto de los siervos darán cuentas llegado aquel día, sino que serán llamados por igual a responder por su labor.
Ningún ministerio aporta novedades para el desarrollo de la iglesia en Cristo, más bien es una herramienta con la que Jesús va haciendo su obra desde la base hasta su crecimiento y eterno futuro, colocando a cada quien en su lugar exacto, conforme al don que Él considera otorgar, y en ese proceso nos convierte en sus colaboradores. Por tal motivo, lo que su iglesia emprende no parte de alguna iniciativa separada de la guía del mesías, ni va en busca de metas propias, porque sencillamente no se pertenece a sí misma, su función es de servicio y sus logros tras la acción de lo que le fue ordenado no es más que un deber (Lc.17:10).
Hasta que su iglesia no comprenda sus propios rudimentos, no será capaz de avanzar progresivamente a su perfección, y de la manera que adelanta también retrocederá, porque en lugar de ser experta y alcanzar madurez por el uso de sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal; tendrá necesidad de que se le vuelva a enseñar lo primario de la palabra de Dios, en un estado tal de quien requiere leche, y no alimento sólido (Hb.5:12, 6:1). Cristo alude a su iglesia solo en dos ocasiones, primero para establecer su raíz, donde profundiza sobre su base, su edificación, su Señor, su permanencia indestructible; y luego para hablar de su función en lo grupal, en la intercesión, la reprensión, y la toma de decisiones, donde no se detiene a explicar con demasiados detalles (Mt.18:17). Y es que una vez entendida la organización que le daría su carácter, la marcha de su iglesia tendría aquel ascenso que en su inicio trastornó al mundo (Hch.17:6). Pero no es posible un desenlace firme sin el dominio de lo que resulta básico, y la mayoría de los sermones impartidos en este siglo por los doctores de las escrituras, abordan temas difíciles de entender debido a la complejidad de su estudio, pero paradójicamente mantienen desacierto en los puntos más simples, se abalanzan a combatir lo falso mientras ellos utilizan a sabiendas términos errados de asuntos que son elementales para que la iglesia se conozca en lo interior. Si la iglesia de Dios no parte de su origen en Cristo, tendrá orígenes bien diversos, y sus manifestaciones en desacuerdo a lo incorrecto, como sus disposiciones entre los hermanos, pueden ser destructivas. La iglesia en Corintio llevó una vida congregacional donde reinaba el desenfoque en los aspectos primarios, pasando a la posteridad como una iglesia invadida por el desorden, donde el descuido de lo esencial a falta de sabiduría hizo que ni siquiera los ministros fueran capaces de fijar el rumbo oportuno. Así, sin un becerro de fundición, se apela al impulso que movió a los israelitas en el monte Sinaí, para quienes fue tan vital una presencia humana, que por suplir su tardanza se hicieron un ídolo, porque les resultaba indispensable una representación tangible que fuera delante de ellos, corrompiéndose al cambiar lo verdaderamente específico por lo temporal, desechando el reinado de Dios sobre sus vidas, al constituir reyes de carne y hueso que tratarían al pueblo con imperfección. (Éx.32:1-7; 1S.8:5-7) Los corintios no actuaban con espiritualidad, y Pablo los amonesta fuertemente señalándoles como carnales, como una iglesia sin preparación, cargada de celos, contiendas y disensiones; el reflejo exacto del cristianismo moderno, que, no habla en general una misma cosa, que mantiene profundas divisiones de mente y parecer. Cada quien, en mayor o menor frecuencia, ha dejado de hablar solo de Cristo, ya sea sustituyéndolo por completo al decir: Yo soy iglesia, o, destacando nombres humanos al decir: Yo soy de Pablo, de Apolos, de Cefas, haciendo de la iglesia una cadena que parte de eslabones humanos, cuando debería decir: yo soy iglesia De Cristo; esto además de combinar el nombre de Cristo con la pasión por otros nombres al decir: Yo soy cristiano Cefista, y así una inmensa lista de cristianos Apolienses, cristianos paulistas, con tantas menciones como nombramientos individuales, cuando sería suficiente decir: Yo soy cristiano. Por cruda que sea esta realidad la palabra cristiano ha perdido sentido entre los creyentes, es como si ya no bastara con seguir a Cristo sin que a la par se llevara un seudónimo acuestas, como si creer en Dios nos exigiera ser adoptados bajo algún sobrenombre. Una y otra vez, la iglesia gira en un espiral de error, donde en cada círculo se aleja de su centro, y Jesús pasa a ser un nombre que acompañará a otros nombres, siendo fragmentado el cristianismo, al dejar lo absoluto por seguir el relativismo de los hombres. Nunca el instrumento es el autor de la obra, ni tampoco se es un buen instrumento sin que su autor lo prepare, en ambas direcciones el centro es de aquella mano que toma al instrumento, que separado de ella nada puede hacer. Solo Cristo fue crucificado, solo en Él su iglesia es bautizada, solo su palabra es la semilla, solo su gracia es un riego que hace germinar. ¿Qué pues, es e ciervo de Dios?, Sino sólo alguien que planta la semilla, solo quien la riega, solo un canal por medio de cual los demás escucharán para creer en el Señor. Serían algo si fueran la propia semilla o el agua que le da vida, porque emanaría de ellos la fuente de lo específico, pero ni el que planta, ni él que riega, tienen poder de dar el crecimiento. Así que los siervos son útiles sólo cuando basan su labor en destacar que no son nada para enfatizar lo específico. Estos siervos no compiten por sumar una mayor sufra de seguidores, ni de bautizos, no consideran sus capacidades y triunfos como algo determinante, porque saben que ninguno fue crucificado, y que en sus nombres no hay bautizo ni salvación; así que trabajan fielmente guardando su anonimato, menguando al yo para que Cristo sea enaltecido, sin forzar o manipular lo que específicamente es de Dios, sabiendo que recibirán del Señor la recompensa conforme a su labor. La iglesia del Señor debe abandonar la obstinación de gloriarse en los hombres, de quedar fascinados ante la elocuencia de simples mortales, y entender de una vez y para siempre todo lo que posee, que sea a sus ministros, sea la vida, sea la muerte , sea lo presente, sea lo porvenir, todo le pertenece en Cristo Jesús, recordando de igual modo que Cristo es de Dios, y que en el caso de Cristo, es ella quien le pertenece a Él, y no a la inversa (1Cor.1:10-13; 3:1-8 . Jesús no llamó a una iglesia que integrara parte de las enseñanzas de Él al modo específico en que ella vivía, su llamado rompe con los esquemas humanos, su luz irradia cubriendo la totalidad de lo específico para quien es su iglesia.
















1 comentario
Que bueno hermanos ver una entrada nueva en su blog
bendiciones