La dignidad de asumirnos indignos: (Ap.5:1-14)

 Autor: JAVIER. A AMENEIRO BAEZ.

(v.3)- El pregón a gran voz, escuchado por Juan cuando estaba en el Espíritu, revelaría el eje central de todas las cosas, al protagonista real de la historia, pasada, presente, y futura, dejando a las criaturas en el plano secundario y dependiente, de donde nunca han salido, a pesar de que muchos se consideren de un rango primario en torno al cual jira lo demás.

¿Quién es digno?, era la pregunta que resonaba, y que reiteradas veces se anuncia entre los hombres, en lo exterior y su interior. La respuesta ha sido siempre la misma, pero en su búsqueda las generaciones han subido tan alto como no alcanzan, tan cerca como dentro de sí y tan bajo como desconocen. En su análisis, han dado honra a cuanto les fue visible en el cielo, sirviendo a los que por naturaleza no eran dioses (Hch.7:42-43; Gé.4:8). En la cima acudieron a las lumbreras del día y la noche, a las nubes de gran tempestad, al rayo y al trueno, a los vientos huracanados, a cada fuerza temible, a cada fenómeno creado en esa bóveda que se extiende por el universo encima de sus cabezas. Pero más allá de lo que se ha visto en esta atmósfera, mucho más lejos que a donde los avances de la humanidad puedan llegar, hay espacios donde lo sobrenatural tiene su morada, regiones celestes llenas de seres espirituales, a los cuales también le han rendido culto, entremetiéndose en lo que no han visto, vanamente anchados por su mente carnal (Col.2:18). Cuando hablamos del cielo, en singular, se abarca la existencia de estos seres, porque habitan en algún lugar de su firmamento; y al mencionar los cielos, en plural, se especifica su inmensidad, una creación donde los números y extremos son insospechados (Gn.1:1), aunque el punto superior del cielo, que refiere la morada de Dios, se determine con la numeración tres (Neh.9:6; 2Co.12:2). El calor del sol no haría que fuera mostrado el contenido de lo escrito, las fases de la luna serían testigos del tiempo transcurrido sin que nadie se acercara y leyera, juntar las estrellas, llamar a las tempestades más bravías, a la luz intensa de los rayos, al sonido estremecedor de los truenos, al soplo de los vientos más impetuosos, y a cada fuerza devastadora que desde arriba desciende, sería totalmente ineficaz. El propio ángel que publicaba, aunque era fuerte, estaba imposibilitado, así como todo el ejército del cielo, cada presencia individual, registrada o no en las visiones. Los millones de millones, tanto los diferentes ángeles escogidos, ya fueran arcángeles, querubines o serafines, junto a los que pecaron, esos que no guardaron su dignidad, cada hueste ese espiritual de maldad; y además los nombrados seres vivientes, los ancianos, los santos en gloria. No había potencia suficiente en los principales príncipes, como Miguel, ni en los seres con semejanza de león, de becerro, de hombre, y de águila, los muchos ojos que llenaban sus alas ni aun miraban el libro. Nada de lo hecho por el que estaba sentado en el trono tenía la solución, quien en verdad era apto no había sido creado, no contaba con un principio, existía antes de todo. Con la intención de resaltar la figura de Cristo, Dios Padre y Dios Espíritu Santo, siendo enteramente dignos, enfatizan la acción del Hijo inmolado, el Dios mediador, quien mira lo que para otros ojos está vedado, quien toma directamente del trono, abre lo cerrado, desata lo sellado, lee y nos trasmite. Es la revelación de Jesucristo la dirección a la que apuntan todos los símbolos del Apocalipsis, en donde se encuentran los textos de mayor adoración registrados en el canon bíblico. Allá en el cielo, en la gloria de Dios, el modo en que se adora al cordero es un reto para cada creyente en cualquier época. La enseñanza de esa adoración nos presenta a todo ser espiritual como uno más, en función de exaltar al que es más que todos ellos, al único, al que es mayor sobre lo infinito. Y no cesan de decir: Santo, Santo, santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y no finalizan las acciones de gracias, al que vive por los siglos de los siglos. Y se postran delante del Altísimo, y arrojan sus coronas delante de Él declarándole digno y creador, por cuya voluntad hay vida. Y cantan un nuevo cántico que expresa como la sangre del cordero les ha redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación, haciéndoles reyes y sacerdotes. Cada orden angélico en la gloria de Dios asume ser indigno, solo siervos y con siervos, reconociendo con sus voces y su totalidad que el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza son del Cordero (Ap.4:1-11, 5:1-14, 19:10, 22:8-9). Nuestra adoración inicia cuando reconocemos que no somos dignos de darla, reacción innata de todos los hombres que estuvieron en la presencia de Dios, que cayeron postrados, que exclamaron: ¿Ay de m? Que soy muerto; hombre inmundo de labios. Hoy queremos dar adoración a Dios pero sin una rotunda negación a nosotros mismos, nos cuesta entender que la máxima proclamación a su Señorío es aceptar que no merecemos su presencia. Cuando lo hayamos comprendido seremos entonces adoradores en espíritu y verdad, quienes se sienten nada, y de manera admirable, sin pronunciar una frase, tienen a Dios como su todo. Para levantar el nombre de Cristo no declaremos algún mérito personal, para que brillen sus méritos. No soñemos que somos mayores, procurando superioridad y distinción, para que la grandeza y la supremacía sean únicamente de Él, sin rangos terrenales. No imaginemos que la santidad emana de nuestras entrañas, para sin cesar llamarle Santo, ni pidamos la rango de señores para que sobre todos sea Él nuestro Señor. No insinuemos tener un poder propio, para no desalentarnos por nuestras limitaciones, para que Él sea conocido como el todopoderoso, ese que recibe todo agradecimiento, tanto por lo bueno como por lo malo. No doblemos las rodillas ante otros, para permanecer postrados a sus pies. No exhibamos logros, llevemos cada uno delante de su trono para echarlos allí, consientes que son insignificantes al compararse con Él. No callemos su realidad, para siempre tener en Él cánticos nuevos. No concluyamos que fuimos escogidos por albedrío de carne o sangre, olvidando que solo por su sangre es que somos redimidos. No seamos vanagloriosos por aquello que gratuitamente se nos ha otorgado, porque hemos sido hechos lo que nunca ganaríamos por nuestro esfuerzo, para tener que decir al que nos reverencie: Mira, no lo hagas; yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que retienen el testimonio de Jesús. Para no creernos grandes, ni robar esa gloria que nos es ajena; y que solo sea adorado Dios. Es esta la doctrina en la presencia de Jehová, pues Él no comparte su grandeza con nadie.

Excepto aquel que ambicionó la semejanza del inigualable, alucinando con levantar su trono tan arriba como el de Dios, y aquellos que por seguir su desvarío fueron arrojados, derribados y consumidos; entre los espíritus que permanecieron puros sirviendo a la realeza del Padre, no hay uno que le iguale en pureza, y al rendirse en eterna veneración van actuando proporcionadamente con su condición. Ellos no piensan que su creador es egoísta por ser incomparable. No buscan ser enaltecidos por sus cualidades, sus contrataciones no los llenan de un deseo por igualarse a Dios, no pretenden ser deidades. No luchan por ser sinónimos del verbo, ni sustantivos de su majestad, sino que disfrutan a plenitud siendo adjetivos del cordero y su reino.

 

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2 comentarios

  1. Hola hermanos Dios los bendiga publiqué en mi blog sobre el tema del diezmo.
    Saludos cordiales y bendiciones

    1. Hola,Dios te bendiga Voy ahora mismo a leer el artículo. Saludos, Javier y yo estamos bien

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