Un Atenas Evangélico (Hch.17:16-34)(v.18)-Filosofías y huecas sutilezas:

AUTOR: JAVIER A. AMENEIRO BAEZ

La filosofía ateniense se dividía principalmente en dos corrientes de pensamiento, que hicieron celebre a la ciudad, al nivel de la fama que poseía por su repertorio de creencias. Como abundaban en templos, altares y estatuas, lo hacían en el materialismo, el ateísmo, y el humanismo, en una marcada antítesis. Sus escuelas se destacan hasta nuestros días por estar siempre presentes en el  ámbito filosófico universal. Sea en mayor o menor grado, cualquier filosofía terrenal lleva implícito alguno de sus puntos, pues desde el principio, antes que fuera definido el concepto filosofía, y se acreditaran a filósofos, el hombre, dentro de su entendimiento de la vida y lo relativo a ella, andaba conforme a estas teorías, que fueron y aún son su ciencia por excelencia, su esencia, su causa y efecto. El dogma de los epicúreos planteaba que el placer era el propósito central de la vida, y el de los estoicos argumentaba que el sumo bien de estar vivo era sentirse satisfecho con la posición que uno pueda llegar a alcanzar, sumado a la virtud de poseer la razón como ley suprema. El placer, la satisfacción personal, y la seguridad de llevar la razón, es lo contrario de vivir en el Espíritu, ya que satisfacer los placeres innatos de la carne es oponerse a los deseos del Espíritu (Gá.5:16-17). La vanagloria de la vida proviene del mundo, y todo deseo del mundo, por simple que sea, es pasajero (1Jn.2:16-17). Quizás el placer que se ha instalado en la iglesia no incluya las áreas más viles, pero acentúen el “yo”, lo que cada cual siente como lo mejor, y experimenta con gran pasión, siendo también un rudimento de este mundo, lo que sin variación todos persiguen, que no es consecuente con Cristo, labrando un cristianismo contradictorio, basado en lo hueco, lo vano, lo vacio, lo que no permanece, lo que la polilla y el orín corrompen, lo que ladrones minan y hurtan, honrando de labios al Señor, pero con el corazón alejado de su presencia, allí donde están su logros y fortuna, su valioso tesoro; con incoherencia en su propia confesión, según la sabiduría de una ciencia humanista y no a la Fe de una patria celestial (Mt.6:19-21; 7:6). Un creer con argumentos de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la Fe; un celo de Dios sin la profundidad de la sabiduría y de la ciencia de Él, que por su Espíritu nos es dada (Ro.11:33; 1Co.1:5, 12:8; 2Co.6:6, 8:7; Fil.1:9). El trato del hijo de Dios con su prójimo, y su familia de la Fe, no tendría en cuenta la abundancia de los bienes que se posea, no miraría a nadie por encima del hombro para atenderle en alguna petición, solo contemplaría hacia bajo para socorrer al caído, no habría ni más ni menos estima, contar con un don sería motivo de un humilde agradecimiento y no de solicitar elogios, habría una totalidad en común, sin acepción de personas, sin maquillajes de psicología para admitir lo desigual, el de ropa espléndida y el de vestido andrajoso fueran recibidos con el mismo agrado (Stg.2:1-9). ¡Roguemos para que cada hijo de Dios abunde en la ciencia de su Padre, sin profesar lo que no coincida con la real confesión!

 

Son infinitos los sermones que en nombre del poder de Cristo impugnan el sermón del monte, enlazando placeres y bienes de este mundo con las bienaventuranzas espirituales. Ellos mencionan un cielo, pero enfatizan las riquezas, la satisfacción de ganancias terrestres, llamando tanto al materialismo como al humanismo tras un disfraz de victoria en Dios, y en ciertas áreas de la Fe, a un ateísmo bien sólido que antepone el razonamiento propio como ley suprema, extraviando por completo la condición del alma (Mt.16:26). Es tanta la confusión, que los hermanos de Fe valoran su relación con Dios, y la de otros, por un nivel económico o por el estado de ánimo. Los discípulos de Jesús no escaparon a esta filosofía, para ellos las posesiones eran muestra del favor de Dios hacia algunos hombres, por lo cual se asombraron en gran manera al escuchar que difícilmente entraría un rico en el reino de los cielos. Dichas palabras de Jesús no separan a los ricos que se acerquen a Él, la invitación a seguirle luego de abandonarlo todo, es la misma, porque es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, a que un rico entre en la morada celestial. También les ocurrió en cuanto a las incapacidades físicas, que las adjudicaban a los pecados propios, o de los padres, más Jesús les respondió: No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él; aunque el pecado trae graves consecuencias que llegan a repercutir en lo físico, no siempre es la causa de incapacidades y enfermedades. No hay relación alguna entre salvación y bienes materiales, así como no es definitivo que una condición defectuosa de nacimiento, o la falta de salud, se relacionen con la práctica de pecados (Mt.19:21-26; Jn.9:1-3). Las filosofías del mundo centran su doctrina en la existencia corporal, en lo temporal, lo que se ve, su fin acaba cuando el hombre muere; en cambio, la ciencia de Dios, mira lo que no se ve, lo eterno, observando de lejos, creyendo y saludando lo prometido, como extranjeros y pelegrinos sobre la tierra. Cuando comprendemos el fin de todo, los castillos del mundo, con su arrogancia, su vigor de prosperidad, su corona de soberbia, su gordura, sus logros y antojos, su mofarse, su altanería, su calma, su alcance de riquezas, no serán para nosotros motivos de desliz, de envidia, de creer que en vano hemos limpiado el corazón y lavado las manos en inocencia; como Asaf, nos llenamos de amargura, y sentimos punzadas en el comparándonos con quienes son de este mundo, quienes tienen aquí su recompensa y esperanza, tan torpe somos que no logramos entenderlo, somos como  bestias delante del único Dios (Sal.73). Hoy, el cristianismo no da a entender claramente que buscan otra patria, muchos piensan demasiado en el ahora, en el suelo que pisan, y no salen de su afán, sino que vuelven a invertir su tiempo en aquello que dejará de ser, sin tomar la mejor parte por ganar en sus empresas, haciendo del evangelio un comercio. De ahí que tantos contrasten al cristianismo con una compañía de negocio, porque el anhelo que se trasmite, la conversación que impera, en un porciento abundante radica en lo terrestre. Se habla de una ciudad celestial, que no somos de la tierra sino que solo estamos sobre ella, pero parece como si fuéramos de este planeta, por vivir arraigados a la prosperidad material, a guardar en graneros mayores los bienes acumulados, con el placer y la satisfacción de reposar, comer, beber, y regocijarse; impugnando el hecho de que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee (2Co.4:18; He.11:13-16; Lc.12:13-21). Como el joven rico, nos puede interesar la vida eterna, podemos correr e hincarnos de rodillas delante de Jesús, reconocer su maestría y llamarle bueno, en un intento fallido de garantizar la eternidad sin un cambio de mentalidad (Mt.19:16-22; Mc.10:17-22). Queremos buena vida en la tierra, sin sufrimientos, sin persecuciones, sin enemigos, sin tener necesidades; sin perder en los deseos naturales, en las satisfacciones individuales, en lo que aprendimos como la razón; y luego, buena vida en la eternidad.

 

No obstante, para muchos, verdaderamente el morir es ganancia, porque su vivir es Cristo. Ellos padecen, pero no se avergüenzan, y sostienen la seguridad de un depósito bien guardado, cuyos suministros no son visibles, teniendo por basura lo demás. Saben que si su espera en Cristo es solo en esta vida, son los más dignos de conmiseración de todos los hombres. Han tomado por delicia (placer, satisfacción, razón suprema), únicamente la ley de Jehová, sus mandamientos y testimonios, porque nada más sobre la tierra les impide perecer en la aflicción cuando hay momentos de angustia (Fil.1:21; 2Tm.1:12-14; 1Co.15:19; Sal.1:2, 119:24, 77, 92, 143, 174).

O escogemos ser iglesia en el mundo, ciencia de Dios dentro de un siglo extraviado; o terminaremos siendo el mundo en la iglesia, filosofía humanista que detiene con injusticia la verdad. 

 

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1 comentario

    • Gurevich en 20 abril, 2018 a las 4:22 pm
    • Responder

    Este artículo parece mas una predicación… sigo sin que Ud. me conteste mi pregunta… y claro está que no voy a tener ninguna respuesta… como no la he obtenido en ningun otro blog…

    No se puede pretender ser la Iglesia de Dios naciendo de una e

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