Autor: Javier A. Ameneiro Báez.
El escenario de esta capital, convidaba a que sus visitantes se le añadieran, puesto que había para todo tipo de credo. Sin la convicción segura de esa Fe que es don de Dios, lo más natural era integrarse a su modo de vida, pero Pablo, ni se entregó a sus idolatrías, ni la ignoró avanzando a la sombra de la parcialidad, característica sobresaliente en un cristianismo no comprometido; sino que optó por contrarrestar el error, guardando sin prejuicio alguno la verdad del evangelio, sin suprimir en su trato la realidad de lo que acontecía. Ser neutrales en el uso de las escrituras es un pilar fundamental para la iglesia, pero muchas veces la falsifican por cuidar la cercanía con los hombres, moviendo la balanza en lo parcial y no haciéndolo con la sinceridad de parte de Dios (1Tm.5:21; 2C.2:17). Cuando se debate la verdad donde se comparte lo ficticio es difícil que no llegue la discusión, pues al exponer sus consejos, aún con sencillez, se rebatirán duramente las ideas opuestas, desacreditándolas en forma radical, y de no causar tal efecto, la verdad ha sido diluida, pasando a su plano medio. El evangelio siempre trastornará lo popular, nunca será aplaudido y acreditado por el mundo natural, le será por locura, por tanto, cada vez que lo del mundo lejos de aborrecer al evangelio lo acepta sin recibir aflicción por los pecados cometidos y arrepentirse, es que no se le ha testificado como es debido, no se le ha insistido en que sus obras son malas (Hch.17:6; 1C.1:18, 2:14; Jn.7:7). La discusión es inapropiada en términos carnales y desenlaces terrenales (Lc.9:46; 1Co.3:3), pero no en el sentido de instar a la luz de la revelación divina (Hch.15:2, 7; 17:2). Debemos evitar las discusiones acerca de la ley, de cuestiones necias, de fábulas, de genealogías interminables, de lo que es vano y sin provecho, de contenciones que acarrea disputas más bien que edificación de Dios, de aquellas palabras que traen perdición a los oyentes, palabrerías profanas que conducen a la impiedad (1Tm.1:4; Tit.3:9; 2Tm.2:14-16), [todo lo que no enseñe, redarguya, corrija, e instruya en la justicia de las sagradas escritura (2Tm.3:14-17)]; pero ardientemente hay que contender por la Fe que ha sido dada a los santos, demandando por la predicación de la palabra a tiempo y fuera de tiempo; redarguyendo, reprendiendo, exhortando con toda paciencia y doctrina, edificándonos en la palabra de Dios(Jd.3; 2Tm.4:2). De manera que, hay temas de la ley que no tienen un peso determinante, como también podemos defender investigaciones y conclusiones totalmente necias, fábulas superficiales e insignificantes, grandes archivos de generaciones, y montañas de cosas vanas que no trascienden ni provocan daño, sin embargo, a la par, hay leyes de las que no podemos apartar el oído, hay cuestiones que son necias pero atentan contra la Fe, hay fábulas a las que no podemos atender ni volver, además de cosas que por su estado vano, de mandatos humanos, nos apartan de la sana doctrina hasta que ya no la sufrimos, hasta que teniendo comezón de oír nos vamos en pos de los maestros que conforme a sus propias concupiscencias se amontonarán, o seamos parte de ellos, llevando enseñanzas sin doctrina verdadera, guardando un gran cúmulo de encubiertas herejías destructoras, que sutilmente negarán al Señor, apostatando y haciendo apostatar (Tit.1:14; 2Tm.4:3-4; 2P.2:1-22; 1Tm.4:1-4). Dentro de nuestros edificios de reunión, tendremos falsedad, como hubo en las antiguas sinagogas, se dirán siervos de Jehová, siendo sinagoga de satan (Ap.2:9). Es bien sugerente el modo en que Pablo, luego de aconsejar a Timoteo para que le recuerde a la iglesia que no contiendan sobre palabras, habla de palabras que carcomen como gangrena, desviadas de la verdad, que trastornan la Fe de algunos (2Tm.2:14-19). Son muchos los que como Himeneo y Fileto, dicen más allá de lo escrito. Es preciso tapar las bocas de los que enseñan por ganancias deshonestas, que son glotones ociosos, y es que en una casa grande hay todo tipo de utensilios, tanto para usos honrosos como para usos viles; la iglesia no escapa de esta evidencia, ni de la hipocresía, a veces son demasiados los honrosos y a veces imperan los vasos de deshonra (Tit.1:10-13; 2Tm.2:20; Mt.6:2, 5). La costumbre de entrar en las sinagogas, y no como un simple receptor, sino a emitir el mensaje del evangelio, discutiendo con los espectadores, era una prioridad para los apóstoles, por tratarse del sitio donde se juntaban las personas interesadas en lo espiritual, allí, había que declarar y exponer las escrituras, persuadiendo acerca del reino de Dios (Mt.4:23; Hch.13:5, 17:2-3, 18:4, 19:8).
Las sectas tienen estructurado no admitir discusión alguna dentro de sus filas, sus esquemas no se discuten, se acatan, y quién no esté presto a seguirlos no cuenta con las condiciones para continuar ahí; pero en el cristianismo es preciso que haya disensiones (en el plano doctrinal), para que se hagan manifiestos los que son aprobados (1Co.11:19). Por no sostener una discusión, o grandes discusiones, muchos han bajado la cabeza ante invenciones humanas, han preferido que continúe la ignorancia, que perdure el error y la blasfemia, a ir y confrontarlos, aceptando que creyentes desenfocados fijen dentro de la congregación cuestiones que consideran necesarias (Hch.15:2-7), pero, ¿Qué hijo es aquel que enmudece al escuchar mentiras sobre su padre? El cristianismo genuino no busca una uniformidad sin la aprobación legitima de la palabra, sino que persiste en manifestar lo verdadero, hablando con denuedo, y discutiendo para aclarar no para imponer (Hch.13:46, 14:3, 19:8). Donde se prohíben las discusiones que tengan como fin mostrar la verdad, no se define ni aprobación ni desaprobación, toda opinión, toda doctrina será bien acogido. El entorno evangélico que nos envuelve se confunde con el estilo de las sectas, evitando debates y concilios que manifiesten lo aprobado, para no dañar los intereses de quienes tienen doctrinas reprobadas. En nuestro tiempo el denuedo se reduce, pues no se confía plenamente en el Señor, y callamos ante las equivocaciones, admitiéndolas públicamente, vedando ciertos temas, tratando de borrar la expresión “doctrina” por otro dialecto que lógicamente tiene su doctrina, pero que desde la insensatez pretende disminuir esa voz. En las sinagogas de hoy, al levantarnos para leer, se nos advierte en que dirección debemos disertar y aplicar las escrituras, ya que si decimos algo que agrade a Dios pero que no sea leal al comportamiento de los oyentes, seremos blanco de una ira masiva, echados fuera, y sea literal o en un deseo, llevados a una cumbre para ser despeñados, como ocurriera con Jesús, a quien sin duda, nuestros líderes llamarían aparte para recomendarle un cambio de proyección (Lc.4:16:30). Las sinagogas, por causa de líderes inmersos en sus posturas, lejos de un espacio de comunión y adoración, fueron y serán cuarteles de tortura para los valientes que se atrevan a demandar el error que en nombre de Dios se propaga, un lugar desde el cual intervienen en nuestros pensamientos, que nos ata, que nos carga con sus yugos, que amordaza nuestra lengua, que nos aturde con su embeleso, y de no conseguir moldear, azota y persigue, donde por causa de Cristo un gran número de creyentes será expulsado, y los que permanezcan tendrán que conformarse a las reglas y no confesar lo innegable para prevenir una expulsión (Mt.10:17, 23:34; Mc.13:9; Jn.16:2, 12:42). Dentro del pueblo de Dios hay tantas tradiciones invalidando la santa palabra, que con prontitud debe ser anunciado nuevamente el evangelio a los creyentes, primero a ellos, y luego a lo que están fuera (Mc.7:6-13). Con urgencia, prediquemos en las sinagogas, seamos de los que se oponen a que sea anulada la palabra de Dios, por amor a fundadores y piadosos, así como a los que se añadan, para que al dejar sus vidas de menosprecio al Señor no terminen llevando una vida donde invaliden su palabra. Tanto los que concurren a las plazas, centro de la vida civil de los pueblos, como los que visitan las sinagogas, merecen una disertación sana sobre la voluntad de Dios (Hch.9:20).
















4 comentarios
Ir al formulario de comentarios
Hola hermanos como están, siempre leo sus artículos, quisiera que me aclaren algo conocen sobre la Iglesia a la que llaman Luterana?
Saludos Cordiales Dios los bendiga Maite
Hola May, me han dicho que esa denominación es bastante liberal, o sea todo vale, despues de anoche investigue mejor con un amigo y me puso al dia ok.CUIDADO MAY.
No entiendo tu comentario hacia Ruth… Le dices que los luteranos no son fieles? o que sus doctrinas son herradas? Pobre Lutero!!!
Le digo que la denominación se vuelto liberal y permisiva.